domingo, 10 de julio de 2016

Leyenda de la flor Nomeolvides


Según su etimología el nombre de la flor “Nomeolvides” proviene del francés “Ne m'oubliez pas” y se utilizó por primera vez en el año 1532. Como sentido el nombre proviene del espacio alemán donde muchos hombres tienen los ojos azules y las mujeres llevaban en su pecho como adorno estas flores para recordar a sus amados. (siglo XV)

Enrique IV utilizó esta flor como símbolo durante su exilio en 1398. 
Según una leyenda, “No me olvides” fueran las últimas palabras de un caballero dedicadas a su querida antes de hundirse en un río debido al peso de la armadura que llevaba.
Antes de convertirse en la décima provincia de Canadá en 1949, Newfoundland utilizaba la flor “Nomeolvides” como símbolo en memoria de la guerra de la nación. 
También la flor “Nomeolvides” es el símbolo de todos aquellos que sufrieron en nombre de la Francmasonería, especialmente en el periodo nazi. 


A continuación una leyenda rumana sobre esta bonita flor:

Cuentan que después de que hayan crecido todas las flores, la Hada de las Flores les dio un nombre olvidándose de una de ellas.
Las flores se pusieron contentas al recibir su nombre, sola una se quedó triste en un valle de un rio. Lloraba sin comprender por qué era menos querida que sus hermanas y sus lágrimas se mezclaban con el agua del rio.

Un dia, saliendo a pasear por el campo verde y lleno de flores, la Hada de las Flores llenó su corazón de alegría al ver que todas las flores le sonreian. Bajando la cuesta de la aldea hacia el rio se encontró con la triste florecita que no podia contener su lloro. Al verla le preguntó:

-       ¨Y tú, hermosa y delicada flor, ¿por qué lloras mientras todas tus hermanas se alegran?
-       ¨¿Y cómo no voy a llorar? Cuando todas ellas ya recibieron un bonito nombre y de mi te olvidaste.

      Al oir su respuesta, la Hada se asombró por haberse olvidado de darle un nombre justo a esa flor tan especial.
      - Mi querida flor, deja de estar triste… Atardecerá el sol y tú tendrás tu nombre…

Diciendo eso la Hada desapareció. Volvió al palacio donde se aconsejó con las demás hadas y, llamando allá a la flor olvidada, le dijo:

-       ¨ No olvidaste que no te di un nombre como hice con tus otras hermanas asi que, por lo tanto, a partir de hoy te llamaré “Nomeolvides”.


Y asi es que desde entonces esta bonita flor lleva el nombre de “Nomeolvides” en varios rincones del mundo.


fuentes:http://gradina.acasa.ro/plante-de-gradina-113/legendele-si-semnificatiile-florii-de-nu-ma-uita-184632.html
http://www.e-calauza.ro/?afiseaza=folclor_show&page=all&id=65

lunes, 29 de junio de 2015

Como hizo justicia Vlad el Empalador

Durante el reinado de Vlad el Empalador, un comerciante que viajaba en nuestras tierras dijo que había perdido en el camino una bolsa con mil lei. El prometió recompensar con cien lei al que la encontrara.

No paso mucho tiempo y un cristiano, con mucha fe en Dios como eran muchos rumanos en aquella época, se presentó ante el comerciante y le dijo:
- Señor mio, caminando por la calle en un cruce donde las pescaderias encontré esta bolsa. Yo pienso que es suya porque me enteré de que había perdido una.
- Cierto es; es mía y te agradezco por haberla traído.
El hombre comenzó a contar el dinero y a pensar como hacer para no tener que darle al pueblerino la recompensa prometida. Despues de acabar de contar, puso el dinero en la bolsa y dijo:
- Conté, querido mio y observé que tú ya apartaste la suma que te correspondía. En vez de mil lei solo habían novecientos. Y bien hiciste porque estabas en tu derecho.
- Señor comerciante, contestó el cristiano. Con maldad dice usted que le faltan cien lei. Yo ni siquiera abrí la bolsa para ver cuanto dinero había dentro. Tal como la encontré se la devolví.
- Pues verdad digo que perdí la bolsa con mil lei y me la devolviste con novecientos. ¡Es lo que hay! dijo el comerciante.
El hombre no dijo nada mas, salió y se fue directamente al príncipe para encontrar justicia.
- Su Majestad, dijo, no recibí los cien lei prometidos y no me importa tanto el dinero como el hecho de que sospecha que no soy buen hombre. Yo soy limpio como la plata y ni siquiera pensé en tocar lo que no es mio.

fuente wikipedia

El príncipe intuyó los trucos del comerciante y mandó que lo trajeran delante de él. Escuchando al uno y al otro y poniendo las palabras de cada cual en la balanza de la justicia se dio cuenta cual era el lado que más pesaba. Luego, mirando a los ojos del comerciante dijo:
-Si tú perdiste una bolsa con mil lei y este hombre encontró una con novecientos significa que dicha bolsa no era tuya. Tú, cristiano, coge la bolsa y devuélvesela al que diga que perdió una con novecientos; y tú comerciante espera hasta que alguien encuentre tu bolsa con los mil lei, la que dices que habías perdido.

Y eso es lo que pasó, porque no se podía de otra manera.
Vlad el Empalador juzgó. El comerciante perdió todo y se arrepintió toda la vida por ese acto inhumano cometido.



viernes, 22 de mayo de 2015

Historia de la tacita de té

Una pareja se fue de viaje a Inglaterra y en una tienda de antigüedades decidieron comprar algo para celebrar los 25 años de matrimonio que cumplieron. Tanto a la mujer como al hombre les gustaban las antigüedades y objetos de cerámica, especialmente las tazas de té. Observaron una taza excepcional y preguntaron: “¿Podemos ver esa tacita? ¡Nunca vimos algo tan bonito!”

Mientras la dependienta les enseñaba lo que pidieron, la tacita de té empezó a hablar: -Vosotros no podéis comprender. Al principio no fui una taza de té.

Una vez fui solamente un trozo de arcilla roja. El maestro me cogió y me dio vueltas, me amasó varias veces y yo grite: “¡No hagas eso!”, “¡No me gusta!”, “¡Déjame en paz!”, pero él sonrió y me dijo suavemente: “¡Aún no!”. Luego, ¡ah! Me sentó en una rueda y me dio más vueltas. “¡Para!¡Me mareo!¡Me siento mal!” grité.

Pero el maestro sólo asintió con la cabeza y dijo en voz baja: “Aún no”. Me giró, me amasó y me moldeó hasta que obtuve la forma que quería y luego me metió al horno. ¡Jamás sentí tanto calor! Lloré, di golpes a la puerta… “¡Ayuda! ¡Sácame de aquí!”

Podía verle a través de una abertura y leer sus labios mientras movía la cabeza de un lado a otro: “Aún no.”
Cuando creía que ya no iba a aguantar ni un minuto más, la puerta se abrió. Con mucho cuidado me sacó y me puso en la estantería… empecé a refrescarme. ¡Oh, me sentí tan bien! “Bueno, así se está mucho mejor”, pensé.

Pero después de refrescarme un rato, me cepilló y me coloreó por todas partes… el olor era horrible. Pensé que me iba a ahogar. “¡Oh, por favor, para!” grité. Él negó con la cabeza y dijo: “Aún no.” Entonces me volvió a meter al horno. Pero ahora ya no era como la primera vez.  Era dos veces más caliente y sentía que me iba a ahogar. Le suplique. Insistí. Grité. Lloré… estaba convencida de que no iba a escapar. Estaba a punto de rendirme. Justo en ese momento la puerta se abrió, me sacó y me sentó de nuevo en la estantería donde me enfrié y esperé, esperé, preguntándome: “¿Qué va a hacer ahora conmigo?”

Una hora más tarde me dio un espejo y dijo: “Ahora mírate”. Y me miré.  “Esa no soy yo; esa no puedo ser yo… ¡Es hermosa! ¡Soy hermosa!  Él me habló suavemente: “Quiero que recuerdes, sé que te dolió cuando te giré, amasé, pegué, pero si te hubiera dejado sola te hubieras secado. Sé que te mareaste cuando te giré en la rueda, pero si me hubiera parado te hubieras hecho pedacitos. Sé que te dolió y tuviste calor cuando te metí al horno, pero si no te hubiera metido allá te hubieras roto. Sé que los olores no te hicieron nada bien cuando te cepillé y te di color pero si no te hubiera hecho eso nunca te hubieras endurecido. No hubieras recibido brillo en esta vida. Si no te hubiera metido al horno la segunda vez no hubieras sobrevivido mucho porque el fortalecimiento no hubiera durado mucho. Ahora eres un producto finito. Eres lo que tenía en mente la primera vez que empecé a trabajar contigo.”



La moraleja de la historia es la siguiente, según el confesor Arsenie Boca: “Dios sabe que hace con cada uno de nosotros. Él es el maestro y nosotros somos su arcilla. Él nos modelará, nos hará y nos expondrá a las presiones necesarias para llegar a ser buenas obras que cumplen con su buena y santa voluntad.

Cuando la vida nos parece dura y nos golpean y empujan sin piedad, cuando creemos que el mundo gira sin control, cuando sentimos un terrible sufrimiento, cuando todo nos parece injusto, hacernos un té y beberlo en la taza más bonita que tengamos y pensar en lo aquí dicho para poder hablar un rato con el maestro.


fuente del texto original: http://www.doxologia.ro/cuvinte-duhovnicesti/povestea-cescutei-de-ceai-spusa-de-parintele-arsenie-boca


lunes, 27 de abril de 2015

Maitreyi, la noche bengalí- capitulo IX



Yo salía para el despacho a las diez de la mañana pero a las ocho tomábamos el té todos juntos. Así pues podíamos hablar sin que nos molestasen durante un par de horas. Aquella noche dormí mal, tuve fiebre y unas pesadillas tremendas. Creía que perdía a Maitreyi, que un ángel de barba blanca me expulsaba de aquella casa mientras el señor Sen me miraba partir indiferente desde la azotea. Me desperté una y otra vez temblando, con la frente fría y húmeda. Como si hubiese cometido un grave pecado.

Encontré a Maitreyi sentada en el escritorio, vestida con un sari blanco y un chal gris sobre los hombros, escribiendo fichas para el catálogo. Le di los buenos días presa de una gran turbación pues no sabía si tenía que besarla o solamente sonreír, o si comportarme como si nada hubiese pasado entre los dos. El primer encuentro tras un episodio decisivo en el amor siempre me ha exigido un esfuerzo de atención y de imaginación. No sé cómo comportarme, qué «actitud» tomar; no sé si tengo que ser rígido o delicado; sobre todo, no sé lo que ella cree y cómo querría que yo fuera. Esa indecisión hace que mis gestos sean inseguros, me lleva a contradecirme, a excusarme y, por regla general, a hacer el ridículo.

 Por el contrario, Maitreyi se mostraba tranquila, resignada y decidida, aunque las ojeras y la palidez de su rostro delataban una noche de oración y meditación. (¿Fueron imaginaciones mías o había oído su voz por la mañana salmodiando una monótona oración en el balcón? Era un sonsonete que se cortaba y se reanudaba intermitentemente, para terminar apagándose de repente, roto por un sollozo.)

Me senté frente a ella, en la misma mesa, en una silla que previamente había colocado Maitreyi. Comencé a escribir de manera mecánica, copiando los títulos de los libros sin levantar los ojos de las fichas.

-¿Has dormido bien? -le pregunté al cabo de varios minutos para romper el silencio.
 -No he dormido nada -me respondió con calma-. He estado pensando en que ya es hora de que te marches de nuestra casa. Por eso te he llamado.

Quise interrumpirla, pero Maitreyi hizo un gesto de desesperada súplica y la dejé hablar, cada vez más azorado y sorprendido de lo que oía. Hablaba jugueteando con la pluma en una hoja de papel, sin mirarme, dibujando y tachando, escribiendo frases que yo no podía leer y haciendo signos y figuras que no comprendía. Ese juego me recordó los comienzos de nuestra amistad y las primeras clases de francés. Me habría gustado interrumpirla para decirle los errores que había cometido en la nota de la noche anterior pero reparé en que resultaba de mal gusto y me callé. Tampoco me daba tiempo Maitreyi para entregarme a reflexiones melancólicas. Decía cosas que yo no sabía cómo tomar. Me inquietaban y me sorprendían; me herían en mi amor propio y en mis certezas. Nunca la había oído hablar tanto tiempo sin cambiar de tema, sin preguntarme nada y sin esperar respuesta ni comentarios por mi parte. Parecía que estaba hablando en una habitación vacía. Como si yo no existiera.

Decía que yo me engañaba si creía que estaba enamorada de mí, así como yo lo estaba de ella. Hacía mucho que había entregado su alma a otro, a Robi Thakkur. Que estaba enamorada de él desde que tenía trece años y leyó por vez primera sus libros.

Los veranos los había pasado, hasta el año anterior, en Shantiniketan, con su familia, huéspedes todos ellos del poeta, en su propia casa. ¡Cuántas y cuántas noches habían pasado los dos solos en la azotea, Maitreyi a los pies del anciano, oyéndolo mientras él le acariciaba el pelo! Al principio no sabía qué era aquel sentimiento que la hacía vivir fuera del estado de lucidez, como en un ensueño indeciblemente hermoso. Creía que era veneración y amor filial por su gurú. Hasta que una noche el poeta le dijo que eso era amor. Entonces se desmayó en la azotea. Se despertó, no sabe al cabo de cuánto tiempo, en la habitación de él, acostada en la cama y con la cara mojada. En la estancia flotaba un perfume fresco de jazmín. El gurú seguía acariciándola y entonces le dio el mantra protector del pecado. Le pidió que fuera pura toda su vida. Que escribiera versos, que amara, que soñara y que nunca lo olvidara a él. Y no lo había olvidado. Tenía una caja entera de cartas que le había escrito él desde todas las partes del mundo por las que había pasado. Era una caja de madera perfumada y se la había dado el poeta hacía dos años junto a un mechón de su cabello...
(«¡Qué repugnante histrión!», pensaba yo, devorado por los celos, la rabia y la impotencia. «¡Maldito corruptor, con ese misticismo carnal, esa mezcla repelente de devoción y mentira! ¿Cómo he podido creer que esta muchacha fuese pura? ¿Cómo he podido creer que yo era el primero en tocar su cuerpo?»)

Sin embargo, nunca la besó ni le acarició más que el pelo, añadió Maitreyi como si me hubiese adivinado el pensamiento. Además, hacía mucho que no lo veía, ya que él siempre estaba viajando. Y luego (y aquí tuvo una vacilación), parece que la señora Sen observó ciertos excesos sentimentales en el comportamiento de su hija con el gurú y no la dejó que volviera a verlo. Pero no lo había olvidado ni un instante. Le habría gustado que nosotros hubiésemos llegado a ser buenos amigos para confiarme a mí todas estas cosas y que le hubiésemos amado juntos. Para mí sólo había sido una amiga, jamás había pensado en ninguna otra clase de amor, y nuestro juego tendría que haber seguido siendo eso, un juego, sin abrazos ni besos. (Se sonrojó y susurró estas palabras con muchos errores gramaticales y de pronunciación. Por eso repitió la frase en bengalí.) Sus gestos habían sido sinceros y afectuosos porque, en cierto modo, me quería mucho y le gustaba que estuviésemos juntos, bromear, mirarnos a los ojos y tocarnos las manos, pero que todo eso no eran más que muestras de amistad. Si yo me había creído otra cosa era por su culpa, por haberme ocultado muchas cosas y haberme dado pie a que creyera cualquier otra cosa, incluso que estaba enamorada de mí.
Cuando paró de hablar, cansada y pálida, me levanté de mi sitio (no me daba cuenta de lo que hacía, tan grande era mi estupor) y me acerqué a ella. Me miraba con pánico y lástima. Le cogí la cabeza con mis dos manos y, como sabía que no podía gritar pidiendo ayuda, la besé en la boca. Los dos sabíamos que en cualquier momento podía bajar alguien de arriba y habría podido vernos desde la escalera, pero eso me hacía prolongar más el beso hasta casi ahogarla.

-¿Por qué haces esto? -dijo ella-. Soy débil y no me puede oponer, pero no siento nada cuando me besas. Siento tus labios como si fueran los de Chabú, los de un niño. ¡No me alteran! ¡No te quiero!
 La solté de mi abrazo y me fui a mi cuarto. Inmediatamente me fui a mi trabajo sin esperar a tomar el té, en cierto modo tranquilizado por la confesión de Maitreyi, aunque celoso y rabioso. Me parecía que todo lo que hacía esa chica era contrario a la naturaleza.

Aquel día ni la vi ni la busqué. Por la noche, durante la cena, volví a tenerla a mi derecha. Fui de los primeros en bajar. Sólo acudieron Mantu, Lilu y Maitreyi. Nos pusimos a hablar de política: de la detención del alcalde de la ciudad, del discurso de Sarojini Naidu y del gran número de detenidos durante la re-vuelta civil. Me había prometido a mí mismo no mirar a Maitreyi y no tocarla ni por casualidad. Pero, de pronto, sentí debajo de la mesa su pie caliente y desnudo posándose trémulo sobre el mío. El escalofrío que recorrió todo mi cuerpo me traicionó. Sin que nadie lo observara, Maitreyi se levantó el borde del sari y yo paseé mi pierna por toda su pantorrilla, sin hacer el menor intento por resistirme a ese placer fascinante, a esa cálida sensualidad. Ella estaba pálida y tenía los labios rojos. Me miraba con sus ojos hundidos y asustadizos pero su carne me llamaba, me invitaba y tuve que clavarme las uñas en el pecho para volver en mí siquiera un instante. Creo que los otros se dieron cuenta de nuestro desconcierto. Desde entonces, acariciarnos las pantorrillas y las rodillas por debajo de la mesa se convirtió en uno de nuestros goces cotidianos, pues esa era la única caricia que podíamos hacernos allí. Si la hubiese tocado con la mano, Maitreyi lo habría considerado un repugnante acto lúbrico e inmediata-mente habría puesto en entredicho la pureza de mis sentimientos.

Después de la cena, Maitreyi me detuvo en el umbral.
-¿Quieres ver el trabajo que tengo hecho?

Encendió la luz de la biblioteca pero, en lugar de acercarse a la mesa donde se hallaban las fichas, se dirigió hacia la otra habitación, donde no había ninguna lámpara. Miró a derecha e izquierda, no fuera a sorprenderla alguien, y después me alargó el brazo desnudo hasta el hombro.

-Prueba a hacer todo lo que puedas con él, bésalo, acarícialo; verás cómo no siento nada.

Una vez, mucho antes de esto, habíamos hablado acerca de la voluptuosidad y le dije que quien sabe amar de verdad puede experimentarla por mínimo que sea el contacto con el cuerpo del amado. Entonces le expliqué que, para mí, la posesión era algo más misterioso y complejo de lo que parecía. Es muy difícil tener algo de verdad, alcanzarlo o conquistarlo. En realidad, más que poseer, nos imaginamos que poseemos.

Eso tan trivial que le dije de pasada, seguro de que algo de más enjundia no iba a entenderlo, le produjo a Maitreyi bastantes quebraderos de cabeza. Ahora trataba de comprobar sus sentimientos por medio de esa «voluptuosidad» esencial de la que entonces le hablé.

 Le cogí el brazo y lo miré un instante fascinado. Aquello ya no era un brazo de mujer. Había adquirido una transparencia y un calor propios, parecía que toda la pasión se había concentra-do debajo de aquella piel de un moreno mate y, junto a la pasión, toda su voluntad de triunfo. El brazo vivía por sí mismo; ya no pertenecía a la muchacha que lo había extendido en ascuas para probar su amor. Yo lo tenía entre mis manos como una ofrenda viva, desconcertado por la intensidad con la que palpitaba y por lo extraño del acto que me disponía a cometer. Comencé a apretarlo, a acariciarlo y a besarlo, seguro de estar abrazando por entero a Maitreyi, de que era a ella a quien acariciaba, de que la poseía por completo. La sentía plegarse al goce, ceder como en una agonía, la sentía despertarse en el albor de un día nuevo pues entre beso y beso observaba su tez cada vez más pálida, sus ojos cada vez más encendidos y su voluntad cada vez más extraviada. Esa llamada de mi amor, lanzada sobre la carne de su brazo desnudo, iba dirigida a ella misma. Mis dedos, al deslizarse hacia su hombro, se dirigían hacia todo su cuerpo.

Y entonces noté que se tambaleaba y se apoyaba cada vez más en mí hasta que rodeó mi espalda con el otro brazo y me abrazó sollozando y sin aliento. Durante unos segundos la tuve en mis brazos totalmente entregada (pues yo no hice nada para provocar su entrega, mi intención era solo castigarle el brazo), cuando la besé, esta vez en la boca, comprendí que ya no era un beso robado, pues sus labios se abrían para sorberme, sus diente querían morderme, la crispación de su cuerpo ya no era resistencia ni abandono sino coincidencia con mi deseo y con mi sangre. Entonces comprendí que todo lo que hubiese sucedido antes en las emociones y en el pensamiento de Maitreyi, quien-quiera que fuese el que los hubiese perturbado antes que yo, había desaparecido y sus huellas se habían borrado, dispersadas por ese nuevo día en que nacía virgen. Una placidez desconocida me invadió entonces por todos los poros de mi alma y de mi cuerpo. Me sentía un ser pleno y una ola de dicha me elevaba de la nada pero sin separarme de mí mismo, sin dispersarme. Jamás he vivido de forma más completa e inmediata como en aquellos momentos, que me parecieron sin duración temporal. El abrazo contra el pecho de Maitreyi era algo más que amor.
Ella se recobró y se cubrió los ojos con las palmas de las manos. Se alejó lentamente de mí. Me miraba, se estremecía y volvía a taparse la cara. Pasó junto a la mesa y me dijo como una autómata señalándome los libros:

-Mira lo que he trabajado hoy.

Debió de ser un presentimiento sobrenatural el que inspirara sus palabras ya que, en ese mismo instante, entró Khokha y le dijo que su madre la llamaba, que subiese a su habitación. Apagué las luces tratando de dominarme. Estaba aturdido y era feliz, casi me daban ganas de decirle a Khokha que la felicidad había sido un regalo inesperado, sin haber hecho nada para merecerla. En mi habitación no podía estarme quieto. Miraba por la ventara enrejada, me tumbaba en la cama, me levantaba y me ponía a pasear por el cuarto. Quería volver a ver a Maitreyi, dormirme con su semblante en mis ojos, con el recuerdo de sus labios, imagen rota por la aparición de Khokha. Me parecía que no nos habíamos separado como es debido, que habían roto nuestra intimidad. Sólo podíamos separarnos con un beso, y la llegada de Khokha lo había impedido. Estoy seguro de que también Maitreyi sentía lo mismo porque oía sus leves pasos recorrer su habitación, en el piso de arriba, salir al balcón y volverse. En el muro de enfrente podía ver su sombra cada vez que se acercaba a la ventana. Pero la luz se apagó y una extraña pesadumbre me dejó atado a los barrotes. Entonces oí un silbido que cualquiera hubiese tomado por una melodía, pero yo adiviné otra cosa. Me acerqué a la ventana y silbé yo también. Nadie me contestó. Tiene que estar en el balcón, pensé. Y abriendo con sumo cuidado la puerta de mi habitación y la más pesada del pasillo, salí al porche. No me atreví a bajar a la calle pues la luz de la farola era muy potente. Silbé de nuevo.

 -¡Allan, Allan! -oí que me llamaban desde el balcón.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Bajé y la vi apoyada en la balaustrada, llevando solo un chal por los hombros y con su negra melena cayéndole por los brazos, entre las glicinas. Su figura casi desnuda entre los racimos de glicina, en un balcón a la pálida luz de una farola de barrio, más parecía una imagen de leyenda, de cuento oriental. La miré sin decirle nada. Por sus brazos caídos sin fuerza sobre la balaustrada y su cabeza apoyada en el hombro, en un gesto de resignación, comprendí que ella tampoco tenía fuerzas para decir nada. Sólo nos miramos. Después, hurgó debajo del chal, entre sus pechos, y me arrojó algo blanco y que caía suavemente por el aire; era una coronita de flores de jazmín. Al momento siguiente, ya no la vi. No pude darle las gracias.

Regresé feliz y en paz a mi habitación tras cerrar cuidadosamente las puertas. Por el pasillo me encontré con Khokha.

-He ido a beber un poco de agua fresca -me dijo confuso, antes de que yo le hubiese dirigido la palabra.

No me pregunté entonces por qué estaba merodeando siempre a nuestro alrededor y si acaso no estaría espiándonos. Estaba yo rebosante de alegría con la coronita de jazmín en las manos para pensar en otra cosa. Más tarde me enteré de que ese era el signo del noviazgo, que la doncella que daba una coronita como esa a un joven se consideraba suya para siempre. Y es que el intercambio de esa flor equivalía a un lazo que iba más allá de las circunstancias y de la muerte. Pero a la sazón, yo no conocía todavía el símbolo y la apretaba y la besaba porque había sido de Maitreyi, había estado pegada contra su pecho y era para mí un inapreciable tesoro. Sentado en mi cama y contemplando las flores de jazmín, mi pensamiento me remontó al principio de todo, cuando conocí a Maitreyi y no me gustó; cuando creía que nunca me uniría nada a ella. De repente comprendí que, en realidad, yo ya la quería entonces aunque no lo reconocía ni quería reconocerlo.

Pasé la noche acunado entre sueños y recuerdos, con el per-fume del jazmín trayéndome la tentación de la boca de Maitreyi, una noche en la que me pareció oír por primera vez las grullas de Bengala gritando por encima de las planicies inundadas en las riberas del golfo. Entonces vi, en aquella puerta de felicitad abierta al mundo, una vida de leyenda, en un mundo de serpientes y tam-tam, que Maitreyi y yo recorríamos como dos amantes de los caminos.
*
Al otro día tuve mucho trabajo en el despacho y regresé tarde, después de la hora de comer. Maitreyi me esperaba con mi plato en el comedor. Había traído las fichas y estaba clasificándolas por orden alfabético, en una caja también ordenada alfabéticamente. Al verme cambió el color y me puso inmediatamente la comida. Acto seguido se sentó a mi lado, el chal le cubría la cabeza hasta la frente y se me quedó mirando. Yo sufría porque no sabía qué decirle, tenía miedo de parecer vulgar pues estaba cansado y comía con apetito. Me aguanté el hambre y la miré, queriendo testimoniarle con mi mirada que no la había olvidado, que la quería tanto como la noche pasada.

 -¿Has pensado en mí hoy? -le pregunté yo, recordando que los amantes suelen hacerse estas preguntas cariñosas.

Cerró los ojos y vi dos lágrimas, o más bien dos puntos brillantes, ya que no aumentaron lo bastante para desprenderse de sus párpados.

 -¿Por qué lloras? -le pregunté con brusquedad, tratando de parecer más emocionado de lo que en realidad estaba. (El caso es que la quería, Dios mío, la quería con locura. ¿Por qué, entonces, no podía sufrir a su lado? ¿Por qué tenía hambre mientras a ella se le saltaban las lágrimas?)

 No me respondió nada. Me levanté de la mesa para acariciarle el pelo, después volví a mi sitio a beber agua, a comerme un plátano, en fin, para tomar algo y poderla besar luego. (Todavía tenía las supersticiones y el pudor del blanco; no hablar con la boca llena, no besar con los labios sucios, etc., como si eso tuviese algo que ver con el amor.)

-Allan, quiero enseñarte algo -me dijo con un tono de voz de lo más dulce y melodioso. (Hablaba en bengalí para poderme tutear, pues la exasperaba la inexpresividad de las frases ingle-sas, siempre en la segunda persona del plural.)

 Me enseñó la cajita que le había dado Tagore, con el mechón de pelo blanco perfumado y rizado en su interior.

-Haz lo que quieras con ella; si quieres, quémala. Ya no puedo tenerla en mi cuarto. No he estado enamorada de él. Mi amor por él fue un desatino, pues habría tenido que ser sólo mi gurú y yo creí que lo amaba de otra forma. Pero ahora...

Me miró como sonámbula. Su mirada me atravesaba y me envolvía para unirse con alguna criatura fabricada por su propia visión, quizá yo mismo, Allan, pero un Allan más pleno y más cálido, vivamente reclamado por toda el ansia de su amor.

-Ahora te quiero sólo a ti; nunca he querido antes a nadie. Sólo me lo pareció. Ahora lo sé, ahora es diferente.

Quise abrazarla pero oí bajar a Mantu por la escalera y me contenté con apretarle el brazo. Le devolví la caja, ya que me parecía ridículo vengarme en el triste mechón de pelo blanco. Además, ¿qué tenía yo que ver con su pasado, con sus recuerdos? En ese momento me sentía tan seguro de ser el primero y el único, que no tenía miedo de nada. Su pasado no me torturaba como sí lo hizo más tarde, siempre que tenía la sensación de que Maitreyi se alejaba de mí, que quizá me comparase con el otro, que se retrotraía a un tiempo en el que aún no había aparecido yo en su vida, un tiempo que me atormentaba con su misterio impenetrable.

 Pero ella seguramente interpretó de otra forma mi gesto, como un rechazo, como indiferencia ante su sacrificio y sinceridad.

-¿No quieres coger este mechón? -me preguntó una vez más, sin poder creerlo.
 -¿Qué quieres que haga con él? Quémalo tú, será mejor -le respondí con toda la ternura de que fui capaz.
-Pero para mí ya no significa nada -dijo con asombro.

Yo no entendía nada y cogí el mechón; lo envolví cuidadosamente y me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta. Seguidamente fui a tomar un baño. Mientras me caía el agua fría en el cuerpo, silbaba de tan buen humor que Lilu, al pasar por el patio, dio unos golpes en la cabina y me preguntó:

-¿Has tenido un mal sueño?

Esa broma, aparentemente insípida, aludía a un pasatiempo que habíamos tenido los dos el mes anterior y con el que yo trataba de ocultar mi melancolía y mi desazón («el problema Maitreyi», como decía en mi diario), diciendo que había tenido pesadillas. El recuerdo de aquel tiempo de incertidumbre y de ironía reforzaba mi alegría y mi seguridad de ahora. Regresé a mi cuarto temblando de placer y de victoria.
Cuando estaba acabando de vestirme llamó a la puerta Maitreyi. Entró, bajó la cortina (hubiese sido más arriesgado cerrar la puerta) y se echó en mis brazos.

 -Ya no puedo vivir sin ti -me dijo.
La besé. Se debatió y huyó junto a la puerta.
-¿Acaso no es un pecado? -preguntó.
-¿Por qué va a ser un pecado? -la tranquilicé-. Nos queremos.
-Pero nos queremos sin que lo sepa mi madre, ni tampoco babá.
 -Ya se lo diremos.
Me miró como si hubiese dicho una locura.
 -¡No es posible decirles esto!

 fuente

Un día habrá que hacerlo. Tendré que pedirles tu mano. Les diré que nos queremos y tu padre no se podrá negar. Sabes lo mucho que me aprecia, ya has visto cómo ha sido él mismo quien me ha traído a tu casa y me ha animado a ser amigo tuyo.

No seguí porque Maitreyi, presa de una viva desazón, daba muestras evidentes de estar sufriendo. Me acerqué a ella e intenté abrazarla, pero se revolvió.

-Hay una cosa que tú no sabes -me dijo-. No sabes que nosotros te queremos de otra forma (vaciló y rectificó), que ellos te quieren de otra forma, y yo tendría que quererte también así, no como te quiero ahora. Tendría que quererte siempre como al principio, como a un hermano.

 -¡No digas tonterías! -la interrumpí besándole el brazo-. Ellos nunca han pensado en mí como «tu hermano».
-¡Que sí! Tú no sabes nada. Rompió a llorar.
-¿Por qué habrá pasado todo esto, Dios mío?
-¿Lo lamentas? -le pregunté yo. Se pegó a mí.
-Sabes que no, que pase lo que pase sólo te querré a ti, que soy tuya. Y un día me llevarás contigo a tu país, ¿verdad? Entonces me olvidaré de la India; soy yo la que quiero olvidarla. Me acariciaba llorando y se pegaba a mi cuerpo con ternura y también con una seguridad que jamás hubiese supuesto en una muchacha que sólo la víspera me había besado en los labios.
-Pero a ellos no les digas nada. Jamás aceptarán que yo sea tu esposa. Ellos te quieren porque desean que seas suyo, que seas su hijo. Sus palabras me sorprendían y me alegraban pero Maitreyi se estremeció.
 -Ellos me han dicho: «Maitreyi, de ahora en adelante vas a tener un hermano, Allan. Trata de quererlo porque va a ser tu hermano, babá lo va a prohijar y cuando se jubile nos iremos todos a su país. Allí con nuestro dinero viviremos como rajás. Allí no hace calor ni hay revoluciones y sus compatriotas no son malos como los ingleses de aquí. Nos considerarán como hermanos suyos». ¿Y qué es lo que he hecho yo ahora? ¿Cómo te quiero yo ahora? ¿Comprendes tú cómo te quiero yo ahora?


Tuve que sujetarla entre mis brazos porque se caía. La senté en el sillón. Estaba estupefacto. Estuvimos largo tiempo juntos sin decirnos una palabra.


lunes, 20 de abril de 2015

Maitreyi, la noche bengalí- capitulo VIII



No mucho después de aquello me encontré una tarde con Harold. Me pareció más frío y malicioso.
-¿Es verdad que te casas con la hija del ingeniero? -me preguntó entre otras cosas.

Me puse colorado y empecé a gastar bromas, como suelo hacer cuando me ponen en apuros, y sobre todo si tengo que defender a alguien a quien quiero. Harold pasó por alto mis chanzas y me dijo que se había enterado en la oficina, una vez que fue a buscarme para invitarme a un picnic. También se enteró entonces de que yo quería abjurar de mi religión y convertirme al hinduismo. Y aunque él es un gran pecador que sólo va a la iglesia por Iris, esta noticia le horrorizó. Me dijo que Sen era un monstruo, que me habían hechizado y que lo que tenía que hacer era darles cinco rupias a las Hermanitas de los Pobres para que rezasen por mí.
 
-¿Qué tal las chicas? -le pregunté.
-Te echan de menos. Debes de estar ahorrando mucho allí en Bhowanipore. No pagas casa, ni comida ni sales nunca por la ciudad. ¿Qué haces todo el santo día?
 -Estoy estudiando bengalí para el examen de provincial manager -mentí-. Además, es un mundo nuevo; ni sé cómo pasa el tiempo.

Me pidió que le prestase cinco rupias para ir por la noche al baile de la Y.M.C.A.
-¿No te tienta?

La verdad era que no me tentaba. Pensé sin pesar en aquellos años de derroche que había pasado en Wellesley Street y en Ripon Street. Miré a Harold y su cuerpo grandullón, su moreno rostro y sus hermosos ojos un poco amoratados no me decían nada. El camarada con quien había perseguido a tantas chicas y con quien había perdido tantas noches se había vuelto para mí un extraño. La vida que yo estaba empezando a vivir me parecía tan sacrosanta que ni me atrevía a contársela. Me prometió visitarme un día y apuntó cuidadosamente la dirección (sin duda, en previsión de que alguna vez pudiese necesitar un préstamo, pensé yo).

Al llegar a casa los encontré a todos en el comedor tomando el té. Estaban también Mantu y su mujer, Lilu, Khokha y sus hermanas (dos de aquellas mujeres-sombra que casi nunca veía). Les conté con sinceridad mi conversación con Harold y la repugnancia que sentía por la vida que llevaban los europeos y angloindios de Calcuta, la misma que yo había llevado en otro tiempo. Esa confesión les halagó. Las mujeres me comían con los ojos y se hacían lenguas de mí en su ininteligible jerga. Mantu me estrechó las manos con los ojos entornados, como tenía por costumbre. Únicamente el ingeniero me hizo una advertencia acerca de mi celo, que juzgaba demasiado entusiasta; seguidamente se retiró para ir a leer su inevitable novela policiaca.

Subí a la azotea en compañía de Maitreyi, Khokha y Lilu. Esperamos a que oscureciera tendidos en alfombras, sin hablar mucho y buscando la posición más cómoda con la cabeza reclinada en un cojín. Yo me había quitado las sandalias y movía los pies en el aire intentando apoyarlos decorosamente en el parapeto. En los últimos meses había aprendido todo un ceremonial referente a los pies. Por ejemplo, sabía que cuando se le daba un puntapié a alguien sin querer, había que inclinarse y tocarle con la mano derecha el pie; que, ni en broma, podía hacerse ademán de darle una patada a nadie y otras muchas cosas por el estilo. Por eso vacilaba en apoyar los pies en el parapeto. Entonces oí a Lilu hablando en voz baja con Maitreyi.

-Dice que tienes unos pies muy bonitos, pies blancos, de alabastro -me explicó Maitreyi sin poder ocultar una mirada de incomprensible envidia y disgusto.

Me sonrojé de placer (pues, como soy feo, me encanta enormemente cualquier alabanza a mi aspecto físico) y de timidez; no sabía cómo interpretar la mirada de Maitreyi. Miraba fija-mente mis pies con una sonrisa despectiva, maliciosa y avergonzada. Yo comencé a decir majaderías para romper el silencio, quitándole importancia ya que, al menos en nuestros países, a los blancos no se nos ven los pies.
 -Aquí es diferente -me interrumpió Maitreyi con dulzura-. En la India, los amigos se testimonian su afecto tocándose los pies descalzos. Siempre que estoy de charla con mis amigas, yo les aprieto los pies. Mira, así...

Sacó el pie del sari y lo acercó a Lilu. Entonces sucedió algo extraño. Me entró la sensación de estar asistiendo a una escena de amor de las más íntimas. Lilu apretó entre sus tobillos la pantorrilla de Maitreyi temblando y sonriendo, como excitada por un beso. Lo que le hacía deslizando lentamente sus pies por la pantorrilla, con los dedos apretados, los talones doblados y luego el abrazo en el que la carne de una se apretaba cálida y trémula contra la otra, constituía una auténtica caricia. Yo sufría ferozmente de celos y de rabia contra ese amor absurdo entre dos carnes de mujer. Maitreyi retiró bruscamente el pie del abrazo y le rozó la planta a Khokha. Yo quería morderme los labios, huir, al ver de pronto ese pie negro y sucio de Khokha, maltrecho del calor y del asfalto, recibir el contacto cálido, como una ofrenda, del cuerpo de Maitreyi. Khokha sonreía como un perro al que le hacen una caricia y lamenté no poder ver los ojos de Maitreyi para buscar en ellos la voluptuosidad que dejaba traslucir su pantorrilla al contacto con la carne del muchacho.

Entonces pensé si la risa que a Maitreyi le provocaba aquel payaso mal encarado no estaría trasluciendo el mismo abandono y la misma idea de posesión. Más tarde, me pregunté si no existirían otros tipos de posesión además de los ya conocidos, más refinados, más inverosímiles, como la posesión furtiva por medio de un roce o por alguna palabra jocosa. Entonces la mujer se entrega por completo al calor del cuerpo de otro o a su mente; y ese otro la toma toda entera como jamás podríamos hacerlo nosotros en los momentos de mayor plenitud o en los de más enloquecida unión carnal. Mucho tiempo después de aquello tuve celos, no de los jóvenes guapos, de los poetas y músicos que acudían a la casa de la familia Sen y con los que hablaba Maitreyi, a los que miraba hondamente, les sonreía y les ponderaba sus libros, sino de cualquiera que le hiciese reír a carcajadas, de Khokha, de Mantu, sí, sobre todo de éste último porque, al ser su tío, podía permitirse apretarle el brazo cuando le hablaba, darle un golpecito en la espalda o sacudirle la mele-na. Aquellos gestos de inocente abandono me torturaban más que cualquier otro rival. Me parecía que Maitreyi no era consciente de la taimada violación de que era objeto por la carne o el espíritu de un extraño. Y, a fuer de sincero, lo que más me hacía sufrir era la posesión espiritual. Tenía celos de un joven poeta, Acintya, al que Maitreyi sólo había visto una vez y con el que no hablaba sino por teléfono, cuando le mandaba poemas para la revista Prabuddha Bharata; de un matemático que venía muy de vez en cuando y del que Maitreyi me había hablado con entusiasmo, confesándome lo mucho que le gustaban los hombres altos; y, por encima de todo, de su gurú, de Robi Thakkur. Un día, hice acopio de toda mi habilidad para insinuarle que se abandonaba demasiado, tanto con el espíritu como con la carne. Pero me miró de forma tan inocente, tan sorprendida y sincera, que desistí. Además, todo esto pasó después de lo que acabo de contar, en una época en que yo había recibido bastantes pruebas de que no tenía que temer nada de nadie.
 ...Me quedé pensativo y asqueado. Me mordía furtivamente los labios y miraba a las primeras estrellas en un cielo todavía pálido. La conversación proseguía en un bengalí coloquial del que apenas entendía nada; por otro lado, tampoco me esforcé mucho por entender, pendiente sólo de la risa de Maitreyi que me hacía estremecer, y que Khokha provocaba con sus interminables retruécanos y pantomimas. Seguro que ella se dio cuenta de mi turbación, pues me preguntó en inglés si estaba cansado y si quería distraerme ayudándola en mis ratos libres a terminar el catálogo de la biblioteca de su padre. Aquello seré una buena distracción para mí después de mi trabajo en la oficina, y podríamos conversar más a menudo. (Porque, realmente, en los últimos días apenas nos habíamos visto.) Yo no sabía nada de aquel catálogo pero me enteré de que el señor Sen, que había reunido cuatro mil volúmenes, unos comprados y otros hereda-dos, tenía intenciones de imprimir el catálogo de su biblioteca en un lujoso ejemplar para que, en caso de muerte, los libros se donaran a una universidad local. Todo esto me pareció una ridiculez, pero acepté.

-Mi padre no se atrevía a pedirte que me ayudaras. Temía que lo consideraras una pérdida de tiempo. Yo soy muy joven, no tengo nada que hacer en todo el día y me gusta copiar los títulos de los libros.

Recuerdo que aquella misma tarde, al quedarme solo, maldije la rapidez con la que había aceptado una proposición que iba a hacerme perder casi todo mi tiempo libre. (Según entendí, había que copiar los títulos en fichas de papel, después ordenarlos alfabéticamente con su número correspondiente de estante y, después, transcribirlos de nuevo en folios para darlo todo a la imprenta. Aquel trabajo me repelía.) Y también temía que volviese a empezar nuestro juego en un momento en que había conseguido sentar la cabeza.

*
Encontré a Maitreyi el día siguiente, a primeras horas de la larde, antes del té, esperándome en la biblioteca.
-Ven, que te voy a enseñar lo que he hecho.
Había traído unos cincuenta libros a una mesa y los había colocado con el lomo hacia arriba para que pudieran leerse fácilmente los títulos uno tras otro.
-Tú empieza desde esta punta de la mesa y yo desde la otra. Vamos a ver en qué libro nos encontramos, ¿quieres?

Parecía muy emocionada, le temblaban los labios y me miraba parpadeando mucho, como si se esforzara en olvidar algo, en hacer desaparecer una imagen que tuviese delante de los ojos. Me senté a escribir con el extraño presentimiento de que iba a ocurrir algo nuevo y me preguntaba si lo que estaba esperando era que Maitreyi me declarase su amor, si la sorpresa que presentía no sería una comunión espiritual, una iluminación de las honduras de su alma. Pero advertí lo poco que ello me conmovía. Mientras escribía, yo me preguntaba: «¿La quiero?» No, simplemente me lo parecía. Comprendí por enésima vez que de Maitreyi me atraía otra cosa, su irracionalidad, su virginidad bárbara y, por encima de todo, su fascinación. Y me expliqué perfectamente lo que me pasaba; yo estaba fascinado, no enamorado. Y, cosa rara, lo entendía no en mis horas de lucidez (muchas o pocas, pero las había) sino cuando me encontraba al borde de experiencias decisivas, en los instantes reales en que tenía la sensación de vivir. La reflexión nunca me aclaró nada.

Puse la mano en un libro y me encontré con la de Maitreyi. Me estremecí.
-¿A qué libro has llegado? -me preguntó.
Se lo señalé. Era el mismo al que había llegado ella. Tales of the unexpected, de Wells. De pronto se ruborizó, no sé si de alegría o de embeleso, pero me dijo con voz queda:
-¿Has visto lo «inesperado» que tenemos delante? Sonreí impresionado también por la coincidencia, aunque la mayoría de los libros que había en la mesa tenían títulos carac-terísticos: El sueño, Llévame contigo, ¡Socorro!, ¿Nada nuevo?, y otros por el estilo. Estaba buscando una respuesta de doble sentido pero en aquel momento entró Chabú a anunciarnos que el té estaba preparado y nos levantamos de la mesa. Los dos nos sentíamos muy felices y nos mirábamos continuamente.

Durante el té estuve exultante y hablé de mis últimas lecturas, todas referentes a Krisna y al culto vaisnav, y conté con tanto entusiasmo y sinceridad algunos episodios de la vida de Chaitanya que la señora Sen no se pudo contener y se acercó a mí con dos lagrimones en los ojos diciendo:
 -Pareces un vaisnav.

Me hizo muy feliz el que me hablase así. Dije que el vaisnavismo me parecía una de las religiones más elevadas y ahí surgió una discusión sobre las religiones en la que Mantu y yo llevamos la voz cantante, mientras Maitreyi guardaba silencio mirando al vacío y sin decir una palabra.
 -¿Qué sabéis vosotros de religión? -estalló de pronto.

Tenía la cara encendida, después palideció y se notaba que estaba a punto de llorar.
Me quedé desconcertado, sin saber si tenía que pedir disculpas o dar una explicación. Mantu quiso tranquilizarla pero ella se escabulló y echó a correr a la biblioteca. Terminé el té amilanado. Nadie volvió a hablar ya. Me retiré a mi habitación para contestar unas cartas; tenía una desazón y una impaciencia como nunca antes había sentido. Pero, cuando estaba escribiendo, me entró de repente la necesidad de ver a Maitreyi y fui a buscarla.

Ese día fue de extraordinaria importancia en este relato. Copio del diario: la he encontrado abatida, a punto de llorar. Le he dicho que he venido porque ella me había llamado y eso la ha sorprendido. Luego nos separamos durante cinco minutos, para ir a terminar mi carta. Al volver la encontré durmiendo en el diván, frente a la mesa.

La desperté. Se estremeció. Tenía los ojos dilatados. Me quedé mirándola fijamente; ella me aguantó la mirada y, a intervalos, me preguntaba con un hilo de voz: «¿Qué?». Luego ya no fue capaz de hablar; tampoco yo pude preguntarle nada sino que nos miramos directamente a los ojos, los dos hechiza-dos, dominados por el mismo fluido de dulzura sobrenatural, impotentes para oponernos a él, para sacudirnos el hechizo, para despertar. Me resulta difícil describir la emoción. Una felicidad a la vez reposada y violenta, frente a la cual el alma no oponía la menor resistencia; una placidez de los sentidos que iba más allá de la sensualidad, como si fuese partícipe di una felicidad celestial, de un estado de gracia. Al principio, ese estado se mantenía solo con la mirada. Después comenzamos a tocarnos las manos pero sin apartar la mirada el uno del otro. Abrazos bárbaros seguidos de caricias cargadas de devoción. (Nota: Acababa de leer un libro sobre el amor místico de Chaitanya y por eso describía mis vivencias en términos místicos.) A continuación le besé las manos. Ella estaba tan arrobada y se mordía con tal pasión (casta, no obstante) los labios que habría podido besarla en la boca, podría haberlo hecho todo. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para contenerme. La situación era del todo arriesgada. Si alguien bajaba por la escalera podía vernos. Ella estaba presa de una emoción mística (Nota: en mi diario de entonces, influido por ciertas lecturas de vaisnav, utilizaba muy a menudo la palabra «mística». Por otra parte, d comentario de este suceso, que acabo de encontrar en un cuaderno perdido, está impregnado del principio al fin de mi «experiencia mística». ¡Qué ridículo era yo!) Una vez más le pregunté por qué no podíamos unirnos nosotros dos. Se estremeció. Para ponerla a prueba, le pedí que recitase por dos veces el mantra que le había enseñado Tagore y que la protegía contra las asechanzas de la impureza. Pero después de haberlo repetido, el hechizo persistía. Con esto le demostré que lo que estábamos viviendo no tenía un mero origen sexual (de eso ya estaba yo totalmente convencido), sino que era amor, aunque se manifestara en la sinceridad de la carne. He sentido y comprobado este portento humano: el acceso a lo sobrenatural a través del tacto, de la mirada, de la carne. La experiencia ha durado dos horas y nos ha dejado agotados. Podíamos reanudarla siempre que el uno clavaba la mirada en los ojos del otro.

Ella me pidió que me quitara las sandalias y acerqué mi pie al suyo. La emoción del primer contacto no la olvidaré jamás. Me compensó de todo el tormento de los celos soportado hasta entonces. Noté que Maitreyi se me entregaba completamente dándome el tobillo y la pantorrilla, como jamás lo había hecho. Había olvidado la escena de la azotea. Nadie podía mentir de forma tan divina, ese contacto no me podía engañar, me decía yo. Subí sin querer el pie por la pantorrilla hasta casi llegar a la corva que yo presentía de una dulzura y un calor de ensueño y que intuía morena y virginal ya que, indudablemente, ningún ser humano había llegado tan lejos en su carne. Durante las dos horas que duró nuestro abrazo (¿acaso eran otra cosa las caricias en los tobillos y pantorrillas que mutuamente nos prodigamos?), y que el diario esboza de forma tan sumaria y borrosa que durante mucho tiempo estuve preguntándome si tenía que seguir consignando las etapas de nuestro amor, viví más intensamente y comprendí más profundamente al ser que era realmente Maitreyi que durante seis meses de esfuerzos, de amistad y de escarceos amorosos. Nunca he sabido con más precisión que entonces, que poseía algo, y que la posesión era absoluta.

Todavía no le había dicho claramente que la quería. Los dos lo adivinábamos, eso me parecía. Durante mucho tiempo yo había creído ver en sus gestos un mensaje de simpatía o de amor. Ni por un instante dudé que me quería ni tampoco que sabía mis sentimientos por ella. Por ese motivo me entristecía y me desazonaba su actitud rebelde, sus silencios provocados por el miedo, sus ojos de pánico, el gesto de taparse la cara con las manos siempre que le hablaba de nuestra posible unión. Yo no lo entendía, y es que me parecía que incluso sus padres se mostraban siempre a favor de esa idea.

Entonces le dije que la amaba. No sé cómo sonaron mis palabras pues se tapó los ojos y no respondió. Me acerqué y le repetí con más ternura y franqueza las pocas palabras de amor que pude chapurrear en bengalí. Quiso levantarse.

 -Déjame -me dijo con una voz lejana y extraña-. Ya veo que no has entendido mi amor. Yo te quiero como a un amigo, como a un amigo muy querido. Otra cosa ni puedo ni quiero.
-Pero esto no es amistad, es amor -le respondí yo, recobran-do inesperadamente el sentido del humor y la lucidez.
-¿Cuántas clases de amor conoce el alma? -añadió mirándome.
-Pero a mí me amas, es inútil que te escondas -insistí-. No podemos vivir el uno sin el otro, ya nos hemos torturado bastante hasta ahora escondiéndonos la verdad. Te quiero, Maitreyi, te quiero.
Le hablaba mezclando las palabras, una frase en bengalí y cinco en inglés.
-Dímelo también en tu idioma -me pidió. Le dije lo que me pasó por la mente. Se había hecho de noche y se habían encendido las luces por todas partes. Quise encender también la luz de la biblioteca.
-Déjala así -dijo Maitreyi.
 -¿Y si viene alguien y nos encuentra a oscuras?
 -¿Qué importa? Aquí somos hermanos.
Fingí no entenderla. Volví a su lado, le tomé las manos y se las acaricié.
-¿Por qué que no quieres entender ciertas palabras? -me preguntó, y por el tono de su voz adiviné que estaba a punto de reír.
-Porque dices tonterías -contesté muy seguro de mí y del amor de Maitreyi.

Entonces sucedió algo inesperado. Maitreyi se echó a llorar y se soltó de mis manos. Quería huir. La rodeé con mis brazos, acerqué mi cabeza a su cabellera y le hablé en voz muy baja tratando de cautivarla, le supliqué que dejara de llorar, que me perdonara. Pero no pude resistir el perfume, el calor y la tentación de ese cuerpo que nadie había tocado todavía y la besé.

Maitreyi se revolvió y gritó apartando la boca. Temí que nos oyese alguien y la solté. Huyó de mis brazos con un suspiro que me humilló, mas no se dirigió a la puerta sino a la ventana. Allí, a la luz de la farola de la calle, pude contemplarla. Me estremecí. Tenía una extraña mirada, en sus ojos llorosos se leía la desesperación, la melena le caía revuelta sobre los hombros y se mordía los labios. Me miraba como si yo fuera un fantasma o un loco. Me señaló con el dedo el lugar donde la había besado, en la mejilla. No podía hablar, no se podía defender. Me acerqué, la estreché en mis brazos y volví a besarla, incapaz en mi locura de entender nada y ofuscado por la pasión. La besé en la boca y encontré unos labios húmedos, frágiles y perfumados, como jamás hubiese pensado que algún día podría besar. En un primer momento se apretaron bajo los míos en un intento de defenderse pero estaba tan débil que los abrió y se dejaron besar, morder y chupar. Le notaba los pechos, la sentía toda entera, se había abandonado tan completamente a mi cuerpo que llegué a tener un vestigio de melancolía por lo rápidamente que se me había entregado. No sé cuánto duró aquel primer abrazo. Noté que se ahogaba y revolvía y la solté. Súbitamente se derrumbó a mis pies. Creí que se había desmayado y me agaché para ayudarla, pero ella se abrazó a mis piernas llorando y suplicándome que no volviera a tocarla; me lo imploraba por mi dios, por mi madre y por la suya. Me estremecí y guardé silencio. Dejé que se levantase sola. Se secó precipitadamente las lágrimas, se arregló el pelo, me miró sin que yo la pudiera ver, pues a mí me daba la pálida luz de la farola y ella estaba en la oscuridad, y se marchó suspirando.


Regresé a mi cuarto agitado, en mi interior bullía un sinfín de sentimientos que me torturaban, la alegría de que fuese mía, orgullo, remordimientos, miedo. No pude hacer nada antes de la cena. Me preguntaba si tendría valor para mirarla en la mesa.

Muy especialmente me preguntaba si le contaría algo a su madre o a Lilu. Yo no sabía nada ni creía nada. No vino a cenar pero, nada más terminar, Lilu se acercó a mí y me dijo:

-La poetisa le envía esta nota. La abrí conteniendo el aliento. Para que nadie la entendiera, estaba escrita en francés. Vous venir matin six heures en bibliothéque?


jueves, 16 de abril de 2015

Maitreyi, la noche bengalí- capitulo VII



 Del diario del mes siguiente:

Los dos, solos, conversando sobre la virilidad. Walt Whitman, Papini y los otros. Ella ha leído poco pero me escucha. Sé que le gusto. Me lo dice. Confiesa que se entregaría a un hombre, como en un poema de Tagore, en la playa, al comienzo de una tormenta. Literatura.


 La pasión crece en una deliciosa mescolanza de idilio, sexualidad, amistad y devoción. Cuando estamos juntos en la alfombra, leyendo, y me toca, me entra una tremenda excitación. Sé que ella también se altera. (Nota: No es verdad. En aquel entonces Maitreyi no sentía ninguna pasión.) Nos decimos muchas cosas a través de la literatura. A veces los dos intuimos que nos queremos. (Nota: Inexacto. A Maitreyi lo único que le atraía era el juego, la voluptuosidad de la ilusión, no la tentación carnal. Entonces no podía imaginarse lo que podía significar la posesión de un hombre.)

Primera tarde y noche (hasta las once) solo con Maitreyi traduciendo Balaka de Tagore y conversando. Al regresar el ingeniero de una cena en la ciudad nos sorprendió de tertulia en la habitación de ella. Yo seguí hablando con toda calma. Maitreyi se quedó aturdida, cogió el libro de poemas y lo abrió. Cuando el señor Sen entró en la habitación le dijo:

-Estamos estudiando bengalí. ¡Conque miente! (Nota: este diario es desesperante. ¿Por qué me costaba tanto entender a una sola persona? Y es que, lo confieso, no entendía nada de Maitreyi por entonces, aunque creía que estaba enamorado de ella y que ella lo estaba de mí. Ella no mentía sino que sólo olvidaba. Había olvidado que yo había venido a su cuarto por la traducción de Balaka y, cuando entró el ingeniero, como es lógico se acordó. Si se hubiese tratado de cualquier otra persona, habría continuado con la conversación, pero ante su padre jamás hablaba; por ese motivo volvió al libro.)

Hoy le he traído lotos, tantos que cuando los cogió entre sus brazos y me dio las gracias no se le veía la cara. Estoy seguro de que Maitreyi me quiere. (Nota: ¡Cuánto me costó entenderlo!) Me escribe poemas y se pasa el día recitándome versos. Yo no la quiero. La admiro muchísimo y me excita; todo, la carne y el alma. He sorprendido algo nuevo en ella. Estaba yo hablando con Lilu y le dije que iba a contarle a su marido algunas de las cosas que ella había dicho.

 -¿Y qué puede hacerme? -preguntó insinuante Lilu.
-Ah, no sé. Yo no entiendo de peleas conyugales -le contesté.
-La castigará, de una manera u otra -apostilló Maitreyi y repitió la frase riendo cuando nos quedamos solos.
De modo que ella sabe... Además, me confesó que le gustaría darse a un hombre en un rapto de locura, ebria de amor o de pasión. Observo en ella una sinceridad que los demás no tienen y que nunca hubiese sospechado en los primeros días de nuestra amistad. (Nota: Lo cierto era que Maitreyi lo único que hacía era representar un papel y que, incluso cuando Lilu le descubrió en qué consistía el amor de esposa, no entendía nada y repetía algunas cosas porque le divertían.)

Escapada con Maitreyi, Lilu y Mantu a un cine de barrio donde ponían una película india de Himansural Ray. Hablamos mucho los dos, muy juntos, ¡y cuánto nos reímos! Pero, al irnos, le dio un mareo y se desmayó. No me lo podía explicar. ¿La oscuridad, el argumento de la película o un espasmo sexual debido a la proximidad de mi cuerpo? Sé que es increíblemente sensual, aunque pura como una santa. En realidad, ése es el milagro de la mujer india (comprobado por los testimonios de mis amigos bengalíes): una virgen que se convierte en amante perfecta en la primera noche.

Maitreyi me insinúa un idilio con un joven extraordinario, un bengalí estudiante en Inglaterra. De manera que sigue el itinerario de todas las mediocridades sentimentales... (Nota: Con esa confidencia sólo quería que yo supiera que había decidido renunciar a todo lo que había pasado por su vida antes de conocerme a mí.)
Vuelvo a traerle flores. Está enfadada porque también les he traído flores a las otras chicas y a la señora Sen. Me parece que Mantu se ha percatado de nuestras intimidades porque mete baza en cuanto nos quedamos solos y, a pesar de que Maitreyi le diga que se trata de conversaciones privadas, no se va.
He estado en el cine con el ingeniero, que me habló con pesar del aplazamiento de su viaje a Francia. ¿Me lo pareció a mí o me insinuó una posible unión con Maitreyi? Cuando volvíamos en el coche, yo me preguntaba si de verdad la quería, aunque todo el tiempo estuvo obsesionándome la imagen de nuestro lecho nupcial.

 Sigo con una estrategia que me divierte. Evito encontrarme con Maitreyi simulando miedo, que estoy locamente enamorado, etc. Esta mañana ha hablado conmigo, casi me ha obligado a recibirla en mi cuarto. Esta intimidad con una india es algo inaudito. Ni yo mismo sé cómo va a acabar todo esto. Me inquieta y me fascina pero no estoy enamorado. Solamente me divierto.

Giro inesperado por parte de Maitreyi. Había llegado yo demasiado lejos simulando una devoción infantil (creía que ése era el camino para llegar al corazón de cualquier india). Pero Maitreyi no es sólo una muchacha india sino también un alma original con una rara voluntad. Detesta la devoción, la adoración de los hombres, según me dice (metiéndome a mí en el mismo saco que a todos sus admiradores platónicos). Lo considera una cosa vulgar, trivial y pueril. Odia o desprecia a los admiradores. Sueña con un hombre excepcional que esté por encima de los sentimientos y del sentimentalismo Mi actitud la encrespa.

¡Bien! Si es verdad lo que dice, cambiaré de táctica. El hechizo sensual que me embargaba cuando estábamos juntos ha desaparecido nada más confesarme esto. De ahora en adelante seré mucho más libre. Ardo de impaciencia por verla otra vez en mi habitación y poder comprobar su reacción. Le haré ver que me importa un bledo su amor. Sé que me quiere. No puede ocultarlo. Sé que está enganchada a mí. Y si nos quedásemos solos 24 horas, se me entregaría sin vacilación.

Pero ¿por qué me insulta, santo Dios? ¿Por qué me dice que le repugna el amor corriente? ¿Es que hay algo mejor?
Ninguna mujer me ha preocupado tanto. Mi sufrimiento sexual es una maldición en este mes árido en el que me desborda el trabajo. ¿Acaso será el misterio de su cuerpo? Lo dudo; me altera cualquier conversación en la que se me insinúe el peligro, o sea, mi unión con Maitreyi, que se está fraguando. Sé que estoy corriendo este peligro ¡Son tantas las pruebas que diariamente me lo muestran...! La señora Sen, sobre todo, me colma con su afecto maternal. El ingeniero me llama «su hijo». (Nota: evidentemente, no entendía nada.)

Por la noche, en la cena, la señora Sen se quejaba de que todavía la llamo «señora» y no «madre», según es costumbre en la India. Tiene la dulzura de una santa, es comunicativa y de una inocencia desconcertante. La quiero.

Se hacen comentarios insinuantes. Mantu quiere que le llame «tío» y Lilu «tía», aunque sólo tiene 17 años. Resulta divertido.

El problema de Maitreyi. Nos hemos enfadado por una tontería (por otra parte, eso nos ocurre dos veces al día), y ha probado todo tipo de arrumacos erótico-sentimentales para apaciguarme. He estado todo el tiempo trabajando alicaído, encerrado en mi cuarto. Sin embargo me sentía feliz, ya que esperaba que se rompieran esta amistad nuestra tan íntima y nuestra inconfesable pasión. Me daba miedo llegar demasiado lejos y me agarraba a cualquier excusa para retroceder. Pero no, ella ha pedido disculpas y el juego ha vuelto a empezar. Tengo la sensación de que no voy a poder dominarme mucho más.

Hoy, después de comer, he estado a punto de besarla. Estábamos solos en mi habitación. He tenido que esforzarme para no abrazarla. Ella estaba excitadísima y yo trastornado. Me contenté con apretarle el brazo y darle un mordisquito. No he querido pasar de ahí. Tengo miedo de mí, me aterra lo que puedo hacer. (Nota: Maitreyi en ningún momento estuvo «excitada», como yo suponía. Era mi actitud la que la azoraba. Ella sólo había querido jugar, pero yo había llegado mucho más lejos.)

Maitreyi es una chica extraordinaria, pero, como esposa, ¿no será igual a cualquier otra?
Ha venido más tarde, al oscurecer, con ese admirable chal escarlata con el que se le transparenta todo. Se le veían sus morenos pechos a los que el color del chal daba un tono pálido que me trastornaba a más no poder. Sé que se ha puesto ese atavío obsceno y fascinante por mí. El ingeniero está ausente, de lo contrario no habría tenido valor para ponérselo. (Nota: En realidad, sólo era un vestido del Rajastán que se lleva directamente sobre el cuerpo y no sobre el corpiño, como es costumbre en Bengala.)

Maitreyi viene continuamente a mi cuarto, lo hace sin ningún motivo y no hace más que insinuárseme o provocarme. La pasión la hace hermosa. Sensual, carnal, es terriblemente seductora. Hago lo imposible para convencerme de que es fea y gorda y de que huele mal, para poder controlarme. Es una especie de «meditación por imágenes contrarias» lo que yo intento. Lo cierto es que estoy agotando inútilmente mi sistema nervioso y, de hecho, no tengo aún nada en claro. ¿Qué quieren de mí?

Por la mañana, pelea con Maitreyi. Se siente herida por cualquier bobada y me amenaza con no dirigirme la palabra durante una semana. Hoy le he dicho que no me importaba lo que hiciera. Eso me tranquilizó y me ayudó a trabajar. Lilu ha intervenido y me ha dicho que «la poetisa está muy deprimida». Le he contestado que yo no estaba enfadado pero que si eso le divierte... ¡Qué vulgares son todas las mujeres!, pensaba yo. La misma cantinela, sea en Europa o en Asia, se trate de mujeres inteligentes o estúpidas, perversas o vírgenes.

Por la tarde me he ido al cine yo solo y me lo he pasado de maravilla. Durante la cena, Maitreyi se ha sentado a mi lado. Lucía un sari precioso y antiguo, de hace cien años. Estaba llorosa y no ha despegado los labios. Apenas ha probado bocado. «La madre» lo ha entendido todo. Me ha dado las gracias por hablar con ella. Después de cenar hemos tenido una pequeña «explicación». Maitreyi me ha reprochado el no haberla entendido, que yo no tenía motivos para pensar que ella despreciaba el amor y la amistad.
La lucha ha durado un cuarto de hora. Le he estrechado las manos. Estaba impresionante cuando forcejeaba; gesticulaba, lloraba, le rezaba mentalmente a Tagore. Intentaba liberar las manos que yo le atrapaba por las muñecas. Esa era la lucha. Yo estaba tranquilo y sereno y me ejercitaba sin dolor y sin orgullo en una nueva experiencia.

Finalmente tuvo que reconocer que estaba vencida. Eso le produjo una sensual alegría mezclada con amargura. Sé que era feliz porque yo la había derrotado. Pero sufría porque su maestro espiritual, el gurú, no la había ayudado, etcétera. La acompañé hasta su habitación. Íbamos los dos solos y me susurró:
-¡Me has roto las manos! Se las cogí sin pensar y, tras acariciárselas, se las besé. Eso es algo extraordinario en la India. Si alguien lo supiera, la mataría. (Nota: exageraba.) Más tarde, sin mediar palabra, me arrojó en la habitación una flor.

Cine con Maitreyi y los demás. Se ha sentado a mi lado, por supuesto. En la oscuridad de la sala me dijo que había que aclarar una serie de cosas importantes. Luego, cuando vio que me burlaba, que me traían sin cuidado sus «sentimientos», que la odiaba (mentía), perdió su calma de reina (¿Cleopatra?) y se echó a llorar. Me dejó indiferente.

Al salir volvió a llorar a lágrima viva. Yo le dije «¡Maitreyi!», y me callé con expresión de enfado. Aquella noche volvió a llorar en mi habitación, era un llanto nervioso, y tapándose la cara con el chal. Y sin ninguna palabra de explicación. Pero tuvo fuerzas para reír cuando vinieron los otros.

Inesperadas «explicaciones» con Maitreyi. Hoy ha estado más fuerte. Sólo ha llorado una vez. Era yo el que estaba nervioso y enojado y le he dicho que tenía que salir urgentemente. El final ha sido violento. Le he pedido que saliese de mi habitación. Me he tumbado en la cama simulando tener algo más que un simple malestar. He estado ridículo. Le he prometido a Maitreyi que volveríamos a ser «amigos». ¡Menudo estúpido! Siguiendo una táctica idiota, he «confesado» una sarta de mentiras que me hacen aparecer como un ser tan vulgar que me da náuseas, he hecho «escenas», etc., etc., mientras que ella ha sido de una calma admirable. Me ha dicho que tiene su parte de culpa en nuestras «bromas» sentimentales. Que por eso sufre, ya que se ha rebajado a mis ojos. Pero es menester que las cosas acaben aquí, que volvamos a ser amigos.
La noche siguiente.

Pero, ¡ay!, las cosas no son tan sencillas. La quiero mucho, con delirio, y tengo miedo por Maitreyi. Me ha dicho que sufre por el mal que me ha causado.

Tengo miedo pero estoy contento. Los pensamientos nuevos y los problemas irresolubles aún no me han secado el alma. Puedo estar apasionadamente enamorado sin ser un sentimental. Aunque, la verdad, maldito lo que me importa si soy o no un sentimental.

¿Intoxicación? ¿Soy víctima de mi propia farsa? Durante toda la mañana y hasta la noche, he sido «feliz», entendiendo esta tierna palabra como un flujo irracional de sentimientos primordiales y vitales que renuevan el ansia de vivir y de solaz. Estuve en un tris de preguntarle a Maitreyi si quería ser mi mujer. Incluso ahora mismo se lo propondría. ¡Me sentiría tan feliz siendo su marido! Tan purificado y sereno...
Después de comer, charla con Maitreyi sobre el matrimonio. Pienso mucho en ello y me imagino siendo su marido, jefe de la familia y milagro ético. Satisfacción, paz.

Por la noche me dice que está desesperada porque no le ha escrito Tagore. El poeta es para ella más que el gurú, es un amigo, un confidente, un novio, un dios y quizá un amante. Me confiesa que nadie sospecha la relación que hay entre ellos. Un amor indio. ¿Estoy celoso? Ahora que ella lo sabe todo, sea porque yo se lo haya confesado, porque se lo haya dado a entender o porque lo haya comprendido ella sola (nota: sin embargo, no sabía nada, no había entendido nada en concreto), estoy decidido a decirle que nuestro amor es inútil, porque no voy a aceptar nunca que mi esposa haya amado antes a otro. Ella se dio cuenta de mi enojo, más bien solemne y teatral. Después de cenar no hemos hablado nada. Me ha enviado un recado con Khokha diciéndome que la había ofendido. No he respondido.

Hay veces en que este asunto me crispa los nervios y otras me divierte. En general, estoy ebrio de amor, sueño con el matrimonio y con hijos. Me hace perder mucho tiempo. Me dificulta la concentración mental. Pero no voy a renunciar al amor.

He pasado una noche convulso por la fiebre. Esta mañana, cuando vi a Maitreyi, le regalé un libro muy valioso.

Día de enorme emoción que me resulta imposible consignar aquí. En síntesis, Maitreyi me ha reñido, me ha preguntado hasta dónde quería yo llegar, pues mi impaciencia la compromete. Dice que Mantu y Khokha se están dando cuenta, etc. Tenía un llanto espasmódico. Yo no he dicho una palabra. Estaba triste por haberla ofendido, pero mi actitud ha sido de una pose total.

Lamentablemente, Khokha estaba en el porche, junto a mi cuarto, y lo oyó todo. Cuando Maitreyi se enteró, se echó a llorar con más desespero. Me ha escrito en la orilla de un sobre que se quiere morir. Para una india, lo que ahora sabe Khokha constituye una deshonra.

Pero cuando se tranquilizó, puso en orden mi habitación y arregló las flores que había en mi mesa. Yo no he hablado una sola palabra.

Maitreyi ha comenzado a escribir un libro de poemas sobre «las ilusiones y los espejismos maravillosos».
Hoy, mientras le contaba las desvergüenzas de las chicas europeas, me preguntó si yo era puro y el mero pensamiento de que pudiese no serlo la espantó a tal punto que rompió a llorar. Ese anhelo violento y místico por la pureza me ha emocionado.

Por la tarde volvimos a hablar sobre su matrimonio, con un extraño, un joven bengalí que desde luego no la hará feliz, como reconoce la propia Maitreyi. Le confesé que mi mayor pecado es el haber nacido blanco (no creo demasiado en la sinceridad de esta afirmación), que si hubiese sido indio habría tenido más oportunidades, etc. Esto la desconcertó y yo le hice la gran pregunta: ¿por qué no podríamos casarnos nosotros? ¿Por qué no se permite nuestra unión? Ella me miró petrificada, y despides escudriñó por todas partes para tener la seguridad de que nadie me había oído.

Se puso a decir que así estaba decidido, ya por el destino ya por Dios (yo le había preguntado si era Dios quien lo había dispuesto así o bien se trataba de prejuicios, y me replicó que Dios manifestaba sus deseos a través de los prejuicios), que tal vez mi amor fuese solamente una ilusión pasajera, etc. Lo cierto es que este amor que, al principio, yo había considerado imposible, una fantasía y una cuestión menor, y la actitud de Maitreyi, a la que durante mucho tiempo creí enamorada de mí pero que, en realidad, no lo está de nadie, me dominan y me llevan muy lejos, a una zona de mi alma desconocida para mí mismo, a una zona marginal de mi espíritu donde me siento espléndidamente feliz, No sé cómo expresar esta revelación íntima. Estoy pensando seriamente en el matrimonio.
*

Desde aquel día apenas la vi. Pasaba todo el tiempo en su habitación escribiendo y cantando. Le envié algunas notas inocentes con Lilu, a las que no contestó. La primera noche estuve pensando un sinfín de cosas, luego menos y, finalmente, ya no me creí nada. Veía que podía vivir bien sin Maitreyi.

domingo, 22 de marzo de 2015

Maitreyi, la noche bengalí- capitulo VI

VI
Un día, el señor Sen llamó a mi puerta. Abrí y lo vi preparado para marcharse y a Maitreyi vestida con el sari más bonito que tenía, de color café crudo, con un chal marrón y babuchas recamadas de oro.
 -Mi hija va a dar una conferencia sobre la esencia de la belleza -me dijo.

Yo los miré sorprendido y esbocé una hipócrita sonrisa de admiración. Maitreyi jugueteaba indiferente con el chal. Llevaba un rollo de papel manuscrito en la mano e iba cuidadosamente peinada. Sin duda se había perfumado con Keora atar porque hasta mí llegaba su embriagador aroma.

-Le deseo sinceramente que tenga mucho éxito. Ojalá no se ponga nerviosa -agregué yo mirándola.
-No es la primera vez que habla en público -explicó el señor Sen orgulloso-. Es una pena que no entiendas bien el bengalí para que pudieras asistir tú también. Me metí en mi cuarto un tanto desconcertado, con una turbia inquietud en mi alma. Me resultó difícil reanudar la lectura ya que la figura de Maitreyi disertando sobre la belleza me obsesionaba. «O todo esto es un montaje o yo soy un burro », me decía. Jamás hubiese creído que aquella chica pudiese plantearse problemas de esta envergadura. «La esencia de la belleza», repetía yo como un idiota.

Cuando, un par de horas más tarde, oí el coche deteniéndose ante la casa, salí adrede al porche para recibirlos. Maitreyi me pareció un poco triste.
-¿Cómo ha estado? -pregunté dirigiéndome a los dos.
 -No todos la han entendido -respondió el ingeniero-. Ha hablado de cuestiones demasiado íntimas: de la creación, de la emoción y de la interiorización de la belleza, y el público no siempre ha podido seguirla.

Por un instante creí que Maitreyi iba a detenerse a charlar conmigo pero cruzó la puerta sin mirarme y echó a correr escaleras arriba. La oí cerrando las ventanas de su habitación. Yo tenía como azogue, conque me puse el salacot y salí dispuesto a pasear por el parque. Cuando estaba bajando los escalones del porche oí que me llamaban desde el balcón.
 -¿Adonde vas?

Maitreyi estaba asomada a la balaustrada. Vestía un sari blanco de estar por casa, tenía el pelo caído sobre los hombros y los brazos al aire. Le dije que iba a pasearme por el parque y a comprar tabaco.
-Puedes mandar a un sirviente a comprar el tabaco.
 -¿Y qué hago yo?
-Si quieres, sube y charlaremos.

 Esa invitación me causó gran desazón porque, si bien podía circular libremente por toda la casa, no había estado nunca en el cuarto de Maitreyi. Llegué allí en un santiamén. Estaba esperándome en la puerta con expresión de cansancio en el rostro, ojos suplicantes y labios extrañamente rojos. (Ese detalle me chocó; más tarde me enteré de que siempre que salía a la ciudad se pintaba los labios con pan, según exigía el ceremonial de la elegancia bengalí.)

-Haz el favor de dejar los zapatos aquí -me dijo.
Me quedé en calcetines. Eso me hizo sentirme ridículo y me aturulló aún más. Me invitó a sentarme en un cojín junto a la puerta que daba al balcón. La habitación me pareció más bien una celda. Aunque era tan grande como la mía, no tenía sino una sola cama, una silla y dos cojines. En el balcón había una mesita de escribir que seguramente formaría parte del mobiliario de la habitación. Ni un cuadro en las paredes, ni armario ni ningún espejo.

-En la cama duerme Chabú -dijo ella sonriendo.
-¿Y tú?
-En esta esterilla.

Me la señaló debajo de la cama. Era una esterilla delgada, como un lienzo, hecha de caña de bambú. Yo estaba emocionado; como si de pronto me hubiese visto delante de una santa. En aquel momento casi la adoré. Pero ella se echó a reír y me dijo al oído:
-Muchas veces duermo en el balcón; hace fresco y oigo la calle ahí debajo.

Era una calle por la que no pasaba nadie después de las ocho de la tarde, y que más parecía el rincón de un parque que una calle.
-Me gusta oír la calle -dijo asomándose al balcón
-. ¿Adónde va ese camino de ahí abajo?
-A Clive Street.
-¿Y de Clive Street?
-Al Ganges.
-¿Y después?
-Al mar.
 Se estremeció y se acercó de nuevo a mí.
-Cuando era pequeña, más pequeña aún que Chabú, íbamos todos los veranos a Puri, a orillas del mar. Mi abuelo tenía una villa allí. Olas como las de Puri no creo que existan en ningún otro mar. Son como esta casa de grandes.

Me imaginé esas gigantescas olas y a Maitreyi conferenciando sobre la esencia de la belleza. No pude reprimir una sonrisa de superioridad.
-¿De qué te ríes?
-Me parecía que exagerabas.
-¿Y por eso tenías que reírte? Mi abuelo exageró más que yo, pues tuvo once hijos.

Se volvió otra vez al balcón. Pensé que la había molestado y balbuceé una excusa cualquiera.
 -Es inútil, ahora ya no me pides perdón como la primera vez dijo ella con una fría sonrisa-. Ni tú mismo te crees lo que dices. ¿Te gusta Swinburne?

 Ya estaba acostumbrado a su conversación desordenada y le respondí que me gustaba bastante. Me trajo un libro gastado que había en la mesita y me indicó un pasaje de Anactoria subrayado a lápiz. Lo leí en voz alta. Cuando llevaba leídos unos cuantos versos me lo arrancó de la mano.
-Seguramente preferirás otro poeta, porque Swinburne no te gusta mucho.
Yo estaba confuso y para excusarme argüí que toda la poesía romántica no valía lo que un solo verso de Valéry. Me escuchaba muy atenta mirándome a los ojos, como durante las primeras clases de francés, y asintiendo con la cabeza a lo que yo decía.
 -¿Quieres tomar una taza de té? -me interrumpió justamente cuando criticaba la «poesía filosófica» como tal, a la que yo consideraba híbrida y artificiosa.
 Me callé, un tanto irritado por la interrupción. Ella salió al pasillo y le gritó abajo, hacia el patio, al cocinero que preparase el té.
-¡Espero que no me lo derrames en los pantalones a mí como lo derramaste en los de Lucien!
Pensaba que lo tomaría a risa pero se quedó inmóvil en medio de la habitación, exclamó algo en bengalí y salió inmediatamente. Por sus pasos, supuse que iba al despacho del ingeniero, que se encontraba junto al recibidor. Volvió con dos libros.
-Los he recibido esta mañana de París pero he estado tan sumida en mi conferencia que me había olvidado de ellos. Eran dos ejemplares de L’Inde avec les anglais de Lucien y, como se los había enviado el editor, no llevaban ninguna dedicatoria.
-Uno es tuyo -dijo Maitreyi.
-¿Sabes lo que vamos a hacer? Yo te regalo mi ejemplar con una dedicatoria y tú, también con otra, me regalas el tuyo.

Fuente foto

Dio una palmada y fue a buscar la tinta. Apenas podía controlar mi impaciencia mientras yo escribía. A mi amiga Maitreyi Devi, de su alumno y profesor. En recuerdo de etc. Ese etcétera la intrigó. En su ejemplar ella había escrito únicamente A mi amigo.
 -¿Y si alguien me roba este libro?
 -¿Qué más da? También ése puede ser amigo mío. Se sentó en la estera con el mentón apoyado en las rodillas y se quedó mirando cómo me tomaba el té. Había oscurecido del todo. Abajo, en la calle, se había encendido la farola y la sombra del cocotero había cobrado una extraña forma alargada de color azul. Yo me preguntaba lo que estarían haciendo las otras personas de la casa, pues ni les oía la voz ni los pasos; si no habría en todo esto una conspiración para dejarnos siempre solos, esta vez en la propia alcoba de ella con la única luz del trémulo y azulado resplandor que procedía de la farola.
-Hoy empieza nuestra amistad, ¿no es cierto? -me preguntó Maitreyi con dulzura tomándome de la mano la taza vacía.
-¿Y por qué hoy? Hace mucho que somos amigos, desde que los dos comenzamos a hablar de cosas serias.

Volvió a sentarse en la estera y me dijo que si en verdad fuésemos buenos amigos, me habría confiado su tristeza. Le pedí que lo hiciera pero prefirió callar y mirarme fijamente. Yo también me quedé callado.
-Robi Thakkur no ha estado hoy en la conferencia -dijo.

Esa confesión me dolió. Me habría gustado decirle algo que la hiriese, decirle que se equivocaba si me consideraba un amigo, que era una chica ridícula y enamoradiza.
 -Estás enamorada de él -insinué malicioso.

Me disponía a decirle algo que la hiciera enfadar pero ella se volvió de pronto hacia mí y me preguntó de forma destemplada:
-¿Te gusta estar con las chicas en la oscuridad?
-Nunca he estado -contesté al azar.
-Desearía quedarme sola -dijo al cabo de una pausa.

Parecía muy cansada y se fue al balcón a tender la esterilla. Salí. Me resultó difícil calzarme los zapatos, pues estaba oscuro, y bajé a hurtadillas la escalera con una extraña mezcla de amargura y furor en mi alma. Cuando llegué a mi habitación vi con emoción que todas las luces estaban encendidas.

* Notas de mi diario de aquel mes: No es de una belleza normal sino que está fuera de los cánones. Es de una expresividad rebelde, encantadora en el sentido mágico de la palabra. Reconozco que no he podido apartar el pensamiento de ella en toda la noche. Y ahora, en lugar de estar trabajando, pienso en ella, veo su imagen pálida, su figura envuelta en un sari de seda azul oscuro bordado con hilo de oro. Y el pelo... Los persas tenían razón cuando en sus poemas asemejaban el pelo de una mujer a las serpientes. Lo que vaya a pasar no lo sé. Seguramente lo olvidaré. ¿Cuándo encontraré la tranquilidad, Dios santo?

Chabú ha escrito un cuento y Maitreyi me lo ha traducido hoy en la azotea riendo. Podría resumirse así: «Un rey tenía un hijo llamado Phul. Este, cierto día, llegó a caballo a un gran bosque. Inmediatamente, todo cuanto había en el bosque se transformó en flores; solo el príncipe y el caballo conservaron su forma. Al volver a palacio, el joven le contó al rey lo sucedido pero éste no lo creyó y le riñó por decir mentiras. Llamó al pandit real y le ordenó que leyese al príncipe ejemplos y preceptos sobre la mentira. Mas como, pese a todo, el príncipe no quería reconocer que había mentido, el rey reunió a todo su ejército y fueron al bosque. En seguida, todos se convirtieron en flores.

 Pasó un día. Entonces llegó Phul, el hijo del rey, llevando consigo los libros donde se hallaban los ejemplos y preceptos sobre la mentira. Cogió los libros, arrancó las hojas y las lanzó al viento. Y, conforme se desparramaban las hojas, resucitaban los soldados del rey e incluso el propio rey...»

Observo algunos rasgos mezquinos en el carácter del ingeniero. Es un ser muy pagado de sí mismo; resulta increíble su complejo de superioridad. Anoche, en la azotea, me pidió discretamente detalles sobre las prostitutas de París. Le gustaría ir unos cuantos meses a Francia para tratarse de sus problemas de circulación arterial. De vez en cuando, padece achaques en la vista, una especie de mouches volantes, a causa de la sangre. El primo del ingeniero, Mantu, acaba de llegar de Delhi, donde era profesor de segunda enseñanza, para ocupar un puesto de lector en la Government Commercial School. Aparenta irnos treinta años, es bajo y delgado, y está en una habitación contigua a la mía. Nos hemos hecho amigos muy pronto. Me confiesa que ha venido a casarse. Él no quiere, pero el señor Sen sí. Presiente algo malo y eso le da miedo. Es un buen chico, habla el inglés cerrando los ojos y se ríe mucho.

La ceremonia del casamiento de Mantu, que empezó hace cuatro días, acabó anoche. Los banquetes han tenido lugar en casa de la novia (una moza negra, corriente, pero muy simpática) y en casa del ingeniero. Quiero destacar la actitud de Sen en este casamiento; en realidad, él es quien lo ha dispuesto todo y se me queja de la impaciencia de Mantu, de que «sugiere» demasiado y se precipita.

Por su parte, Mantu lo venera hasta tal punto que le habría dado la virginidad de la novia, tal y como es costumbre en determinadas partes de la India, que el discípulo ceda la prima noche a su gurú (Mantu está diciéndome siempre que el ingeniero no solamente es su primo sino también su gurú). He estado en todas partes, he visto todos los detalles, siempre en primera fila, vestido con el traje indio de seda (confieso que me sienta muy bien y mi aparición, mi interés por la ceremonia, mi espontaneidad y el hecho de tener que hablar en bengalí todo el tiempo me han granjeado una gran popularidad). Reconozco que la «sociedad» india me encanta, que mis amigos indios son de un valor inestimable. A veces me siento posado de un extraño amor, en el sentido divino del término (como en la India), al considerar a cada mujer «madre». Jamás he sentido un amor filial tan elevado, tan puro y tan reposado como el que siento por la señora Sen, a quien -como se acostumbra aquí- todos llaman «madre». Cuando por la calle veo algún sari azul (como los que usa la señora Sen), incluso sin ver la cara de la mujer, siento la misma emoción. Siento que soy un «hijo», que jamás encontraré un amor maternal más desinteresado, más puro y más elevado como en la India. Me he visto en mi imaginación casado con Maitreyi y ese pensamiento me gustó. No puedo mentir: era feliz. He soñado con ella todo el tiempo que duró el casamiento de Mantu. Novia, amante. Pero en ningún momento he perdido la cabeza. (Nota: Quiero decir que quería convencerme de que no era tan guapa; le criticaba las caderas, demasiado anchas para un talle muy estrecho, inventaba todo tipo de faltas físicas pensando que así la alejaría de mí. En realidad, como suele ocurrir, esas faltas precisamente la acercaban más.) No sé si todas las indirectas que los amigos de la casa me están lanzando son simples bromas o si tienen su origen indudable en algún plan serio de matrimonio elaborado por el ingeniero.

En cierta ocasión, en la mesa, comprendí que la señora Sen lo desearía igualmente. No puedo decir que se trate de una conspiración (nota: aunque durante mucho tiempo lo pensé), porque ellos consideran el matrimonio un deber y una felicidad, me quieren mucho y muy sinceramente y, además, Maitreyi es tan conocida en la flor y nata de la sociedad bengalí que podrían encontrarle muy fácilmente un marido superior a mí. Pienso en lo que me convertiría yo si me casara con Maitreyi. ¿Sería posible que perdiese hasta tal punto mi lucidez y que, caído en la trampa, aceptase? Desde luego, es la chica más inteligente y enigmática de cuantas he conocido pero yo, lisa y llanamente, no puedo casarme. ¿Qué sería de mi libertad? Me imagino siendo el marido de Maitreyi; sería demasiado feliz ¿Qué sería de mis viajes a los lugares más extraordinarios, de los libros que compro en cada ciudad para venderlos en la siguiente? Pero, mientras tanto, lo cierto es que soy feliz. Y que he visto muchas cosas.

La noche de ayer (prima nox) en el tálamo inundado de flores, las muchachas cantando en el balcón, Maitreyi leyendo su poema «escrito ex profeso para esta ceremonia». Observación repetida insistentemente durante los últimos días: siempre que advierto que se habla de un posible matrimonio entre Maitreyi y yo, o cuando lo barrunto, se apodera de mí una brusca y violenta emoción. Tiene una base sexual: nerviosismo excesivo, abstinencia prolongada, impaciencia puramente genital, desazón interior y miedo al destino. Cada vez tengo más miedo pero las situaciones peligrosas me atraen y no me atrevo a aclararme consigo mismo, a decirme con claridad que no voy a casarme. Tampoco puedo huir. Sería estúpido. Soy un hombre moral, no puedo remediarlo, aunque mi demonio interior me tienta a ser lo contrario.

(Nota: el diario es casi siempre un mal psicólogo, como esta historia se encargará de confirmar. Por esta razón estoy sacando estas notas; para darme cuenta, una vez más, de la forma tan absurda en la que me dejo flotar a merced de mi imaginación.) Mantu les ha contado hoy a las mujeres lo que le había dicho yo a él: que no iba a casarme ni me casaría nunca. Ahora Maitreyi está rabiosa y despectiva; ya no viene a dar clase ni me busca para que charlemos cuando regreso del trabajo. La señora Sen tampoco me muestra el mismo afecto. Me confunde este cambio aunque lo deseaba. Ya recelaba yo de aquel cariño interesado de antes.

A Maitreyi anoche le entró una risa tremenda oyendo las gracias de Khokha. (Nota: Un joven, pariente pobre del ingeniero, al que han dado cobijo en Bhowanipore con ocasión de las bodas de Mantu. Dormía en el pasillo.) Yo estaba escribiendo en mi habitación. Me entró un arranque de celos del que me avergüenzo.

(Nota: En realidad, entonces no estaba muy enamorado. Sin embargo tenía celos de todos los que hacían reír a Maitreyi.) Maitreyi me era indiferente cuando yo sentía a mi alrededor el cariño de toda la familia. Tuve miedo cuando recelé una trampa matrimonial. Pero en cuanto se conoció mi decisión de seguir soltero y Maitreyi dejó de ser la misma conmigo, empecé a quererla (nota: no es verdad), y a veces siento la punzada de los celos y sufro por mi soledad y mi destino.

Han cambiado muchas cosas. Ahora como solo con el ingeniero y con Mantu; las mujeres comen después de nosotros. Las comidas sin Maitreyi han perdido la alegría. Me gustaría irme de inspección al sur de Bengala y, al regreso, dar algún pretexto y mudarme a otro sitio. Esta experiencia se está haciendo muy larga. Hace dos días que está nublado y llueve.

Hoy ha caído un auténtico torrente de agua. He salido al porche a ver las calles inundadas. Encontré a Maitreyi espléndidamente vestida (de terciopelo carmesí y seda negra) mirando también. (Yo sabía que escribía poemas sobre la lluvia, quizá hoy mismo lo hubiera hecho, arriba, en su cuarto.) Hablamos poco y con frialdad. Me miraba con indiferencia, distraída. ¿Habría sido yo capaz de captar toda la riqueza de experiencia femenina que había en ella y de intuir con precisión las actitudes que la nueva situación exigía?

Me siento extraño en esta casa en la que he conocido el afecto más sincero y más auténticamente indio. De repente, todo está helado a mi alrededor y me ha desaparecido la espontaneidad. En la mesa estoy hosco y taciturno, y en mi habitación tengo la sensación de estar enfermo. Es cierto que, en ocasiones, me entran accesos de alegría loca y me pongo a bailar tarareando alguna melodía (cosa que me sucede muy raramente).

Desde ayer, mis relaciones con Maitreyi y el resto de la familia han vuelto a asentarse en el intenso afecto. Quizá porque, cuando volvíamos en coche del trabajo, le conté al ingeniero la indiscreción de Mantu. «No ha entendido bien mi concepto del matrimonio», añadí.

(Nota: me parece que aquella frialdad que el diario atribuía a la paralización de los planes de casamiento con Maitreyi se debía, en realidad, a un malentendido. Mantu había dicho que yo me reía del matrimonio y, como los indios no conciben deber más sagrado que ése, naturalmente reaccionaron, tal vez sin querer.)

Ayer estuve riéndome mucho con Maitreyi; hoy hemos hablado largo rato en la biblioteca, hemos leído juntos Shakuntala, sentados en la alfombra, pues vino su profesor particular y pedí que me permitieran asistir a la clase. Por la noche, en la azotea, recitó de memoria Mahuya, de Tagore. Luego se retiró sin que yo lo notara; la poesía es su última palabra del día y, después de recitarla maravillosamente, se vuelve taciturna. ¿Estoy enamorado de ella?